Unir los puntos

Lo que 17 años de evolución me enseñaron sobre el propósito y el merecimiento

Maru Pesotto

1/25/20254 min read

El Manifiesto

Esta historia que hoy quiero compartir con vos es parte de mi fibra más íntima. No la cuento para buscar la admiración de nadie, sino con el deseo profundo de que pueda inspirarte, abrazar tu proceso y renovar tu esperanza.

A menudo, la vida nos sacude con eventos difíciles de digerir y superar. En esos momentos, la tristeza y la desesperanza pueden cegarnos, dejándonos atrapados en una pregunta poco feliz: ¿Por qué a mí? Una interrogante que suele incrementar la ceguera y la desolación.

Algo que estos 17 años de recorrido me han enseñado —y que hoy te comparto como la gran moraleja de mi mapa— es que, cuando observamos nuestra existencia en espacios más amplios de tiempo, todo empieza a cobrar sentido. Los puntos empiezan a unirse, las piezas del puzzle encuentran su lugar y entendemos que solo hay que aprender a confiar, agudizar los sentidos en el tiempo presente y estar dispuestos a comprometernos para crear la realidad que elegimos habitar.

Permitime contarte cómo empezó este viaje de regreso a mi alma.

El Quiebre: Cuando los planes se desarman

En el año 2008, a mis 26 años, yo tenía "la vida perfecta" según los mandatos externos: un año de casada, terminando la carrera de Administración de Empresas y creciendo con fuerza en lo laboral como Responsable Administrativa y de Recursos Humanos. Estaba lista para comerme el mundo corporativo, competir y escalar en una multinacional. Tenía todo fríamente planificado.

En julio de ese año llegó el milagro: estaba embarazada de mi primera hija, Pía. Mi mente ya había diseñado cómo coordinar la crianza con las exigencias ejecutivas. Sin embargo, el universo tenía otros planes.

En diciembre de 2008, cinco hombres armados entraron de forma muy violenta a robar a la fábrica donde trabajaba. Al ser la responsable de los sueldos, fui el objetivo principal. Me gatillaron, me golpearon y me amenazaron de muerte con una panza de seis meses de gestación. En esos segundos eternos, mi único rezo a Dios fue que el disparo fuera en cualquier lugar menos en mi vientre; que mi beba se salvara.

Gracias a Dios no hubo disparos, pero el trauma fue una bisagra definitiva. Esos planes de la "carrera exitosa" que le había comprado a no sé quién, se esfumaron. Renuncié a mi trabajo y decidí que la maternidad presente sería uno de mis grandes propósitos en esta tierra.

Los Despertares y el Llamado Ineludible

Como quedarme quieta nunca fue lo mío, en 2009 decidí emprender en e-commerce con una tienda de ropa infantil llamada Mapima (muy osado para la época). El tiempo pasó, alterné entre el emprendimiento físico y el regreso a la relación de dependencia para buscar estabilidad, hasta que en 2013 decidí retomar un viejo interés: estudiar Coaching.

Creía que iba a buscar "técnicas de gestión para organizaciones", pero me topé con un inmenso viaje interno. Descubrí que había mucho por pulir, sanar y transformar en mí. En junio de ese año, descubrí mi segundo propósito de vida: Acompañar a las personas a vivir en mayor bienestar y felicidad. A inicios de 2015, recibí mi título como Coach, mientras le daba la bienvenida a mi segundo hijo, Bautista.

El tercer y definitivo "cachetazo" de despertar llegó en el año 2016. Un colaborador de la empresa donde trabajaba, un compañero con el que conversaba diariamente y que siempre tenía una broma a mano, decidió quitarse la vida. Sostener ese dolor corporativo y humano, y acompañar a esa madre rota que viajaba a buscar el cuerpo de su hijo, me marcó a fuego. Del eco de ese dolor ya no hubo marcha atrás: mi misión social era aportar herramientas para que otros pudieran crear bienestar, felicidad y amor.

Habitar la Soberanía y el Merecimiento

En el año 2017 decidí cruzar el puente. Solté la seguridad, la estabilidad y los beneficios de la relación de dependencia. No fue rápido, ni fácil, ni cómodo (la transición completa me tomó un año y medio), pero me abrí paso para vivir parada en mi Misión. Un llamado de servicio que ya latía en mi adolescencia dentro de la Juventud Misionera y que me había encargado de adormecer por los destellos del mundo exterior.

A mis 35 años me hice responsable de mi humanidad. Requirió reconstruirme desde la resiliencia, confiar en la vida y, fundamentalmente, sentir que merecía tener la vida de mis sueños: estar cerca de mis hijos, presente en su crianza, mientras servía a otros y vivía de mi total pasión.

Para ir al inicio de esta historia me sitúo en el año 2008, en ese momento ya hacía 1 año que estaba casada, venía creciendo en lo laboral, ya era Responsable Administrativa y de Personal, terminando la facultad (Administración de Empresas), en la plenitud de mis 26 años. También estaba tomando una Diplomatura en Dirección de Recursos Humanos.

Aquí estoy hoy, celebrando el despliegue de estos 17 años de historia y despertar. Miro hacia atrás y no puedo más que conmoverme y agradecer a Dios por cada sacudida, porque sé que su fortaleza fue el motor invisible que me trajo hasta acá.

Hoy elijo vivir entregada a mis dos grandes propósitos: maternar con consciencia y acompañar a otros seres humanos a construir su propia estructura de amor, felicidad y abundancia.

Si hoy estás leyendo esto y sentís que estás en medio de tu propia tormenta, o que tus puntos todavía parecen dispersos en el mapa, quiero decirte algo con total certeza: no estás rota, no estas roto, solo estás despertando. Y sí, vos también merecés habitar la vida de tus sueños.

A veces, el primer paso para unir las piezas es, simplemente, habilitar un espacio seguro para mirarlas de frente. Si sentís que llegó tu momento de cruzar el puente y reclamar tu propia soberanía, me encantaría acompañarte.

Tu espacio está listo.

Con amor y gratitud, Maru.

El espacio para asumir la autoría de tu historia.

Maru Pesotto

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